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19 septiembre, 2020

Djokivic, a semifinales; Schwartzman elimina a Nadal Masters Roma

A paso firme, pero también tenso. Novak Djokovic avanzó a semifinales del Masters 1000 de Roma y chocará con el noruego Casper Ruud por el pasaje a la definición. El número uno del mundo se impuso al alemán Dominik Koepfer con parciales de 6-3, 4-6 y 6-3. Sin embargo, más allá del triunfo, el serbio le gritó a una jueza que le corrigió una bola, se molestó con el umpire que lo llamó “Federer” y estrelló una raqueta contra el polvo de ladrillo.

Djokovic, de 33 años y cuatro veces campeón en el Foro Itálico, superó a Koepfer (97°) en dos horas y 10 minutos de juego. Nole, quien viene de ser descalificado del US Open por pegarle un pelotazo a una jueza de linea en el partido de cuartos de final, es el máximo favorito en el torneo de Roma, uno de los más importantes sobre polvo de ladrillo en la previa de Roland Garros (el Grand Slam parisino comienza el 27 de septiembre).

No obstante, no fue sencillo el camino del serbio para meterse entre los cuatro mejores. Al conceder su servicio en cuatro ocasiones en total, precisó de más de dos horas para deshacerse del combativo alemán, que había llegado desde la clasificación. Horas antes, Ruud (34°) eliminó al último representante italiano, Matteo Berrettini (8º) por 4-6, 6-3 y 7-6 (7/5). Casper se convirtió en el primer tenista noruego en meterse en las semifinales de un Masters 1000.

Asimismo, en el partido de Djokovic volvieron a verse algunas particularidades dentro de la cancha. Cuando su rival le rompió el servicio para emparejar 3-3 en el segundo set, el serbio lanzó con furia la raqueta al suelo. El líder del ranking se vio forzado a pedir una nueva y recibió una advertencia del árbitro.

Djokovic ya se había visto enojado en el game previo, cuando le dio una mirada al árbitro luego de un par de anulaciones y un punto repetido. En una de las correcciones el tenista le gritó en serbio a una jueza.

Por otro lado, los 38 errores no forzados por apenas 24 golpes ganadores delataron un partido con varios baches del número uno. Djokovic, sofocado por el calor de Roma, tuvo más problemas de los previstos. Su semana, en general, redondeó altibajos, algo impropio del mejor jugador del ranking ATP.

Djokovic se medirá mañana por un puesto en su décima final en Roma ante el ascendente Ruud, miembro de la Rafa Nadal Academy de Manacor. Hasta el momento nunca se cruzaron oficialmente en el circuito.

Finalmente, Djokovic vivió un momento curioso cuando el juez de silla, Nacho Forcadell, cometió un error: cantó un juego para el serbio… y lo confundió con Federer. “Gioco Federer”, se escuchó por los parlantes, y fue rectificado unos segundos después. La cara del serbio fue de muy pocos amigos.

SCHWARTZMAN ELIMINA A RAFA NADAL

Diego Schwartzman tiene 28 años, está en el puesto número 15 en el ranking, logró 15 títulos y apenas mide 1,70m. Pero es un gigante. Rafael Nadal tiene 34 años, está segundo en el escalafón mundial, suma 85 trofeos y está a uno de los 20 grandes de Roger Federer. Es el mejor de la historia sobre el polvo de ladrillo. El Masters 1000 de Roma es uno de los torneos más prestigiosos del circuito, una cuna de leyendas sobre superficies lentas. El español tenía una ventaja drástica, que derriba al más optimista antes de jugar: un paralizante 9 a 0. Al fin de cuentas, son apenas estadísticas, datos, historias del pasado. Lo que acaba de ocurrir certifica que el deporte es una de las expresiones más maravillosas: cualquier cosa puede ocurrir. El pequeño gigante superó al mallorquín por 6-2 y 7-5 en dos horas y tres minutos y alcanzó las semifinales del torneo italiano, en una de las mejores actuaciones de su vida.

En una de las antesalas de la final, jugará este domingo con el canadiense Denis Shapovalov, que superó por 6-2, 3-6 y 6-2 al búlgaro Grigor Dimitrov.

Fueron más de dos horas con una efervescencia en desarrollo, con el optimismo de Peque siempre en primer plano. Le ganó con el mejor tenis a una leyenda de las raquetas. El sueño de instalarse entre los mejores 10 del planeta está de vuelta.

El primer set fue una obra maestra del argentino: punzante, agresivo, pícaro para sortear las dificultades al recibir pelotas demasiado altas, cercanas al cielo y espesas, pesadas, como si fueran transportadas por un gladiador. Schwartzman olfateó las heridas del guerrero casi desde que se abrió el telón, con un quiebre de maravillas para ponerse 3-2: lo consiguió en cero. Más tarde, desatado, Peque se afirmó en su sustancia: un pequeño gran show de toques, sutilezas y devoluciones de revés a dos manos, lanzados como misiles.

El español parecía agotado. Casi al filo de la medianoche romana, los 24 grados (luego de una jornada agotadora) y algo más de 80 por ciento de humedad, lo sacaron de su eje. Gigante frente a un gigante, selló el primer parcial con un categórico 6-2. El recuerdo de otra página memorable de su mejor tenis viajó a un año atrás, cuando perdió en las semifinales de este mismo prestigioso torneo por 6-3, 6-7 y 6-3 frente al serbio Novak Djokovic. El polvo de ladrillo es una plataforma que le seduce. No se encoge ni frente al mejor de todos los tiempos sobre el polvo de ladrillo.

No resignó el protagonismo Diego en la segunda parte del espectáculo, con un par de drops que parecieron sacar de quicio al español, envuelto en dudas por haber estado casi 200 días sin competencia y con Roland Garros a la vuelta de la esquina: empezará este lunes, con la obsesión de alcanzar los 20 grandes, uno de los pocos desafíos que todavía le quedan por alcanzar -y tal vez, superar-, al enorme Roger Federer. Rafa suma 12 conquistas en París. Y su apetito voraz no lo detiene. Pero Peque lo tenía confundido, mareado, la misma postal que sostenía Carlos Moyá, su entrenador, y como parte de su equipo, su padre, Sebastián. No podían creer lo que estaban viendo.

Lo mismo ocurría en otro sector del desolada pista central de Roma, con los lógicos protocolos por la pandemia que conmueve al mundo. Juan Ignacio Chela, su entrenador (que celebraba los mejores puntos como si fueran un gol), Martiniano Orazi, su preparador físico, Eugenia De Martino, su novia. El mal trago del US Open había quedado atrás: Schwartzman mantenía la intensidad frente al monarca de la intensidad. Nadal sabía la clase de adversario que es el porteño. “Es un jugador de un nivel muy alto, uno de los mejores del mundo. Se mueve muy rápido por la pista, tiene una gran lectura de juego y controla muy bien la pelota. Sé que si no estoy al máximo nivel voy a sufrir, como ha pasado siempre que me enfrenté a él”, había contado, horas atrás.

Gorra dada vuelta, concentrado, seguro, con una variedad de golpes de colección y una frescura que no parecía acabarse, Peque se mantuvo en la línea de batalla. Tan incómodo transpiraba el mallorquín, que cuando quebró con una volea para recuperar una desventaja y ponerse 4-4, gritó como si se tratara del punto final. Apretó el puño de su mano izquierda, la magnífica, una y otra vez. Peque estaba 6-2, 5-4 y servicio, con todo a su favor. Pero Rafa es un titán cuando está a punto de caerse al precipicio: quebró en cero y alcanzó el 5-5, en el momento más dramático del encuentro. Volvió a quebrar Peque y se recompuso. Y ganó. Ganó un partido que es para toda la vida.