Noticia

Comparte

22 abril, 2021

Scottie Pippen: la nueva desgracia de la estrella melancólica

Hay gente que parece que tiene su destino marcado en la cara. No como si lo eligiera sino como si lo adivinara. La razón por la que una generación entera se enamoró de Scottie Pippen tenía que ver con ese punto de estrella que no ejerce nunca como tal. En lo deportivo, por la sombra eterna de Michael Jordan. En lo personal, porque no le salía, porque Pippen no era un tipo carismático, sonriente, con don de gentes. Había en Pippen un punto siempre nostálgico, atormentado, del que no acaba de encajar nunca en ningún lado, del que siempre tiene miedo al siguiente giro de la vida.

Hablamos de un chico que pasó una infancia terrible en un pueblo de Arkansas, entre la tetraplejia de su padre y la enfermedad de uno de sus muchos hermanos. Un chico que, en cuanto pudo, se agarró al primer contrato firme que le ofrecieron aunque fuera una estafa porque estaba convencido de que su carrera sería corta, de que él, tarde o temprano, acabaría en una silla de ruedas, lejos del baloncesto. La necesidad de hacerse rico lo antes posible e ir tapando agujeros, porque hay vidas que son redes de pesca y la de Pippen siempre ha sido una de ellas.

Este lunes conocimos la muerte de su hijo a los 33 años, su primogénito, el único que tuvo en su primer matrimonio, cuando era poco más que un “rookie” recién llegado a Chicago y buscando su manera de encajar en aquella montaña rusa que era el equipo con Doug Collins. El chico que detestaba molestar, el que huía de las broncas de Jordan y de las maldades de Oakley. Una muerte de la que no se ha filtrado nada porque suficientemente terrible es perder a un hijo como para encima tener que explicárselo a millones de personas que te están mirando.

No ha sido un tipo con suerte, Scottie Pippen. O, más bien, de entre la gente que ha tenido suerte en la vida -que ha ganado millones de dólares, ha sido el ídolo de multitudes, ha conseguido triunfar en lo que se ha propuesto…-, no ha sido alguien especialmente afortunado. Más allá de su durísima infancia y sus dudosas elecciones salariales, Pippen siempre vivió en el descontento. O siempre lo pareció. Una cosa es que se den todas las condiciones para ser feliz y otra cosa es que lo seas. Todo el mundo espera de ti una cara de felicidad pero a ti no te sale. Se va Jordan por fin y el entrenador le da el balón a Kukoc. Vuelve Jordan y tú vuelves a convertirte en un tópico: “el escudero”.

En su afán por ganar todo el dinero que pudiera y ante el convencimiento de que tarde o temprano, por mucho que fuera, lo perdería todo, Pippen se paseó por franquicias en decadencia antes de retirarse en 2004, completamente cojo. Lo que vino después, no sorprendió a nadie. Pippen invirtió e invirtió porque es lo que todo el mundo le decía y efectivamente acabó en la ruina. Nada salió bien. Tuvo que descolgar las botas en 2008 para jugar unos partidos sueltos por Escandinavia, atracción de feria. Jerry Reinsdorf lo rescató para los Bulls como “embajador de la franquicia” cuando vio que aquel hombre se le quedaba en la calle. De algún modo, le salvó la vida.

Incluso como embajador, Pippen se mantuvo a la sombra porque es lo que siempre ha sabido hacer mejor. Años después de todo esto, cuando le llamaron para el documental de “The Last Dance”, parecía un tipo relativamente feliz, conciliado consigo mismo y su rol en la NBA. Todo esto hasta que vio el resto de la serie y se dio cuenta de que todo era Jordan y que ya estaba bien de tanto Jordan y se paseó por programas y podcasts para ajustar cuentas. Como embajador, no tiene precio. De nuevo, la incomodidad; de nuevo, la sensación de que es imposible encajar, imposible alcanzar la paz con el mundo, siempre amenazante, siempre esperando para el siguiente golpe.

Y el siguiente golpe llegó, aún no sabemos cómo. Todo lo que se conoce de la muerte de Antron lo sabemos por Scottie y su cuenta de Instagram. Ni un solo motivo, ni una sola explicación, insisto, solo el recuerdo de lo buen jugador que habría podido ser de no haber padecido de asma crónica. Hay en las palabras breves de Pippen un dolor inmenso, el dolor, precisamente, de la imprecisión. Hay en el anuncio una especie de “dejadme en paz” que de momento todo el mundo está respetando porque a la gente melancólica se la respeta. Desde una distancia, si se quiere, pero se la respeta. Ellos no te molestan a ti y tú no les molestas a ellos. Pippen fue el ídolo de los que sabíamos que no podíamos ser Jordan. Acaba de cumplir 55 años y la vida ya le debe una más. Tiempo tiene aún de cobrársela. No sabemos si ganas.