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26 febrero, 2019

Le hundieron la vida por “ser una mujer que practica sexo”

YAHOO DEPORTES. Ingrid de Oliveira es una joven brasileña que se dedica a los saltos de trampolín y plataforma; en América utilizan para su actividad el término “clavadista”, que aceptaremos aquí a falta de otra palabra específica para una actividad sin demasiada tradición en España. A sus 22 años, la deportista de Río de Janeiro ya ha conseguido algún resultado decente en la alta competición, entre los que destaca la medalla de plata en los Juegos Panamericanos de 2015, en la modalidad de salto sincronizado de plataforma a 10 metros, y la clasificación en la misma prueba para los Olímpicos que se celebraron en su ciudad al año siguiente. Indudablemente son buenos resultados, pero no especialmente mejores que los de otros compañeros.

Y sin embargo De Oliveira es una de las personas más famosas en el panorama mundial de su deporte. Una búsqueda en Google de su nombre arroja más de 17 millones de resultados, y su perfil de Instagram (en el que suele subir fotografías suyas posando en bikini o traje de baño, algo lógico dada su ocupación) tiene actualmente más de 270.000 seguidores. Probablemente ella misma no deseara tener tanta atención mediática, y más teniendo en cuenta la razón del interés del público.

Su gran salto a la fama tuvo lugar, precisamente, durante aquellos Juegos Olímpicos de 2016. En aquellos días se hizo pública una historia que la colocaba como protagonista de un “escándalo” sexual: se la acusaba de haber metido en su habitación a otro representante de la delegación brasileña, el remero Pedro Gonçalves, para pasar la noche con él. Según se contó, para hacerlo tuvo una discusión con su compañera de cuarto, la también saltadora Giovanna Pedrosa, que no veía conveniente la idea porque temía que pudiera afectar al rendimiento de Ingrid en la prueba en la que ambas debían participar juntas al día siguiente.

Se dijo también que Giovanna informó al Comité Olímpico Brasileño y a partir de ahí el caso se acabó filtrando a la prensa, que hizo crecer la bola de nieve hasta el punto de que estuvieron a punto de expulsar de los Juegos a los atletas implicados. Finalmente las dos saltadoras compitieron, con un resultado desastroso: fueron últimas. A raíz de aquello, el nombre de Ingrid de Oliveira quedó asociado indisolublemente a la palabra “polémica” y su reputación se hundió, con todo tipo de calificativos insultándola, dudando de su catadura moral, aludiendo constantemente a su cuerpo y hasta haciéndole proposiciones abiertamente sexuales.

Dos años y medio después, Ingrid ha querido contar su versión de lo ocurrido en el portal UOL. En ella asegura que es cierto que tuvo relaciones con Pedro, pero que no fue en la víspera de su participación, sino tras la ceremonia de inauguración, y que el remero ni siquiera permaneció la noche allí. Asegura también que es una práctica habitual en unos Juegos, como demuestra el hecho de que se usen cientos de miles de preservativos en la Villa Olímpica durante los días que dura el acontecimiento, o el gran aumento en uso de aplicaciones como Tinder. Además, explica que el hecho de que se hiciera público la descentró por completo (“lloraba durante todo el entrenamiento, debo de haber perdido 15 litros en lágrimas”) e hizo que su rendimiento deportivo cayera en picado.

Y añade un detalle muy significativo. Ingrid se queja del maltrato que recibió por parte de la opinión pública durante los días siguientes, y que todavía pervive. “Fui rechazada por todo el mundo. Me asediaron. Recibí pornografía. Me hicieron una oferta para hacer una película pornográfica. Perdí trabajos. Periódicos de todo el mundo me criticaron”. Es fácil suponer el calvario que ha pasado. Dice que su cuenta de Instagram casi triplicó su número de seguidores, pero de gente que se dedicaba a ridiculizarla e insultarla. Sin embargo, en el caso de Pedro, el otro protagonista, no ha ocurrido nada parecido. El canoísta, por el contrario, no es que no tuviera ni un solo comentario ofensivo en sus redes sociales, sino que lo que recibía eran felicitaciones por haber conseguido acostarse con una mujer como Ingrid.

Está claro que en una relación de estas características participan dos personas en igualdad de condiciones. El hecho de haber tenido sexo es idéntico para ambos. Sin embargo, solo una, la mujer, es la que acaba pagando las consecuencias. La sociedad mantiene el estigma de “fácil”, de “inmoral” y de otros calificativos mucho más gruesos para ellas, mientras que ellos siguen siendo héroes. El mismo pueblo brasileño, por ejemplo, recibió en su momento con aplausos el relato de las aventuras de futbolistas como Romário, quien llegó a confesar haber mantenido relaciones con una novia en el mismo vestuario de Maracanã durante su época de jugador del Vasco da Gama, o haberse fugado de la concentración de la selección brasileña para haberse ido con otra. Nada de eso ha impedido que el delantero sea respetado, reconocido como uno de los más grandes de todos los tiempos, e incluso lleve una década ocupando cargos políticos. Pero no es una mentalidad exclusiva de Sudamérica; medios de todo el mundo, la civilizada Europa incluida, replicaron el tema de Ingrid y Pedro y la reacción de la audiencia fue bastante similar a lo largo y ancho del planeta.

El problema tiene dos vertientes. La primera es el hecho de considerar algo tan natural como el sexo, que tal como recuerda Ingrid, “todo el mundo lo hace, tu madre también”, como una actividad sucia, indigna y que merece reproche. Siglos y más siglos de represión religiosa (escoja usted su confesión favorita) han condicionado el pensamiento de la población de una manera que será dificilísima, si no imposible, de corregir. Pero más allá de esto (que no es poco), lo verdaderamente grave es que la carga de la “culpa” esté repartida de manera tan desigual hacia ellas. Sí, nada de esto habría ocurrido y no estaríamos hablando de esta historia si no hubiera una mujer famosa implicada. Sí, es machismo puro y duro. Sí, es tremendamente injusto y deberíamos empezar a ponerle remedio cuanto antes. Todos, mujeres y hombres, periodistas y consumidores de noticias, acosadores, cómplices que ríen las gracias o personas que miran para otro lado, cada uno desde la posición que ocupe, tenemos mucho trabajo.

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