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11 junio, 2020

Federer y Djokovic ponen contra las cuerdas regreso del tenis

El mundo del tenis estornudó cuando Severin Luthi, capitán suizo de Copa Davis e íntimo amigo de Roger Federer, dejó caer que la recuperación del gran maestro “no iba como esperaba”. El resfriado se confirmó un par de días después cuando el propio Federer anunció en redes sociales su decisión de saltarse 2020 para centrarse en 2021, el año en el que cumplirá 40, una edad prohibida para cualquier jugador de élite desde los tiempos de Pancho Gonzales y Ken Rosewall.

En principio, la ATP confía en retomar las cosas un poco donde se quedaron, es decir, en la gira norteamericana… pero en vez de la de primavera (Indian Wells y Miami) en la de verano (Toronto y Cincinnati, con la posibilidad de que este último torneo se celebre ya en Nueva York como previa del US Open). Federer era uno de los grandes reclamos, conscientes como somos de que cada torneo puede ser el último; cada minuto en la cancha, un regalo que apurar al máximo.

En este sprint de agosto a diciembre en el que se pretende incluso jugar un Roland Garros otoñal y sin gira previa de tierra, el regreso del suizo era sin duda un motivo de alegría tras el dolor… y una importante inyección económica a un circuito muy dañado. Cualquier cuadro que incluya a Federer supone más ingresos de televisión, más satisfacción por parte de los sponsors y más repercusión mediática en un momento en el que el tenis lo necesita más que nunca, sobre todo teniendo en cuenta que la presencia de público en las gradas parece ahora mismo una entelequia.

Aun así, tanto la gira estadounidense como el mismísimo US Open podrían sobrevivir sin el suizo. Al fin y al cabo, su último título en Nueva York data de 2008 y su última final, de 2015. Otra cosa sería si a Roger se le uniera otra estrella como, por ejemplo, Novak Djokovic. La relación de Djokovic con el US Open ha sido siempre extraña: ocho finales pero cinco derrotas, alguna especialmente dolorosa como contra Wawrinka en 2016. El serbio es el número uno del mundo y exige un estatus propio. Las medidas de limitación de compañía que parece que va a imponer la USTA le desagradan: solo un entrenador es muy poco para un hombre con tan extenso séquito.

Djokovic ya se lanzó a la polémica cuando amenazó con algo parecido a la retirada si le obligaban a vacunarse contra el coronavirus como requisito para volver a las pistas. Ahora, sigue quejoso, como si el mundo fuera en una dirección y él en otra. Donde el sentido común pide distancia, Novak quiere acumular cuidadores, consejeros, entrenadores… en la ciudad donde más muertos ha habido en todo el mundo, en torno a 20.000 sobre una población de poco más de ocho millones. Sin Federer como contrapeso, ¿qué puede hacer la USTA ante el reto del serbio? ¿Arriesgarse a jugar un torneo entre Nadal y toda la chavalería? Es probable que tengan que ceder.

Porque, además, justo una semana después de la final neoyorquina, empieza Roland Garros y esa es otra pieza de ventaja en el tablero del número uno. Si los planes de la organización siguen adelante y no hay contraindicaciones por parte del gobierno de Macron, el torneo debería celebrarse del 20 de septiembre al 4 de octubre. Sería una oportunidad histórica de ver la enésima reedición del duelo más visto en la historia del tenis. Una final contra Nadal, con los dos descansados y al cien por cien, suena a historia viva del deporte.

De hecho, el entorno de Djokovic ya ha deslizado que prefiere centrarse en París antes que en Nueva York. No queda claro por qué tendría que elegir, pero es de suponer que, dentro de su perspectiva de leyenda, el hecho de ganar Roland Garros por segunda vez y ser el primer jugador desde Rod Laver en ganar cada torneo del Grand Slam dos veces le elevaría a una dimensión única, aún más lejos de las comparaciones.

En cualquier caso, eso nos coloca ya en octubre y el tenis necesita un subidón antes. Necesita a sus estrellas al cien por cien y ahora mismo tiene a uno lesionado, a otro refunfuñando y a Nadal que parece alejado de todo, más preocupado, como es normal, por su seguridad y su salud que por el nivel de su tenis. No ha habido ni una declaración del tipo “me muero por volver a una pista” sino todo lo contrario: un cierto pesimismo o, si se quiere, un realismo sin concesiones. Que algún día habrá un circuito sin Nadal, sin Djokovic y sin Federer es obvio, pero aún no es el momento. En un año en el que nos hemos perdido Wimbledon por primera vez desde 1945, descafeinar el US Open supone un riesgo enorme, como lo supone fiarlo todo a un torneo que va a coincidir con el inicio de la temporada de gripe en Europa y todo lo que eso conlleva en estos tiempos.

Djokovic lo sabe y por eso aprieta. Dos grandes actuaciones en un mes y, de repente, zas, a un Grand Slam de la gloria. Y con ese palmarés, ya nadie podrá discutirle su primer puesto en el santoral. Es muy consciente de ello y por eso extraña que al final haya vacuna o entorno que le alejen de tamaño objetivo. El año que viene, al fin y al cabo, todo puede cambiar. Si no, recuerden 2017.

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